TÚNEZ: El temblor de la falsificación (Patricia Highsmith)

En esta ocasión, viajamos a Túnez, un país mediterráneo y cercano a España, pero muy diferente en cuanto a su cultura y tradiciones. Y para ambientar el asiento, la novela seleccionada es El temblor de la falsificación de Patricia Highsmith.

 

PORTADA EL TEMBLOR DE LA FALSIFICACIÓN

 

TÍTULO: El temblor de la falsificación

AUTORA: Patricia Highsmith

EDITORIAL: Grupo Santillana, Ediciones Alfaguara

ISBN: 9788420424224

Nº DE PÁGINAS: 328

La historia se desarrolla en Hammamet, típico destino turístico de Túnez.  El protagonista, Howard Ingham,  llega a Túnez para escribir una novela que servirá de guión para una película. El director de la misma, que debía reunirse allí con Howard no aparece y su novia tampoco da señales de vida, ni contesta a sus cartas. Sin embargo, él prolonga su estancia y va escribiendo su libro. Desconectado de su ambiente habitual e inmerso en una nueva cultura, con una escala de valores diferente, Ingham sufre una crisis de identidad y de pérdida de principios morales.

Es difícil encuadrar este libro. En un principio pensaba que se trataba de una novela policíaca o negra, pero más bien se trata de una novela psicológica, donde aparentemente no pasa nada. Las jornadas de Ingham transcurren con monotonía. Se dedica a escribir, bañarse en la playa y cenar o tomar copas con algún otro huésped del hotel. Sin embargo, el personaje evoluciona poco a poco. Primero se traslada a vivir a un bungalow para trabajar de forma más independiente y luego se va a vivir a una habitación alquilada en el pueblo, donde no dispone de cocina, ni de cuarto de baño. No se sabe el motivo para este cambio, porque Howard tiene recursos suficientes para permitirse el hotel de lujo. La degradación del alojamiento corre paralela al deterioro moral del personaje.

La lectura de esta novela causa desasosiego a medida que vas avanzando en la historia. Es curiosa la distinta percepción que pueden tener las personas de un mismo lugar. Túnez me pareció un lugar alegre y acogedor, con personas amables y, si bien es cierto que el calor en verano es bastante asfixiante, sobre todo los días en los que la humedad es elevada, los hoteles de Hammamet son muy cómodos y entre los jardines, la playa y el aire acondicionado, te olvidas del calor. Sin embargo, en la novela, el ambiente del hotel resulta opresivo, la luminosidad excesiva y parece que los empleados del hotel están siempre agazapados y espiando a los huéspedes.

La situación clave de la novela se produce cuando alguien entra de noche en el bungalow de Ingham y éste, para defenderse, le arroja su máquina de escribir. Hasta ese punto podría ser una reacción normal de defensa propia, pero parece que el hombre está herido o muerto y Howard en lugar de encender la luz y ver lo que ocurre, lo deja fuera del bungalow y se queda encerrado a oscuras sin querer saber qué ha ocurrido. Sólo oye murmullos de alguien, seguramente empleados del hotel, que retiran al herido o al cadáver. A partir de ese punto se debería plantear un dilema moral en el protagonista, pero parece que considera el hecho intrascendente por haber transcurrido fuera de su patria y en un país con unos valores diferentes.

El protagonista me resultó desagradable y “sin sangre”. Es un ser opaco y sin sentimientos.  En el hotel hace amistad con un americano, Adams, que resulta ser la voz de su conciencia, pero él ignora sus recomendaciones morales y prefiere la indiferencia de otro huésped, un danés, llamado Jensen, que odia a los árabes y por lo tanto considera que la vida de uno de ellos no tienen ningún valor.

En conjunto, la novela te hace reflexionar sobre los principios, la moral o la falta de ella y si tenemos unos principio morales propios o nos dejamos llevar por el ambiente que nos rodea. Como dice Patricia Highsmith: “Básicamente, se trata de si una persona crea su propia personalidad y sus propios valores desde dentro de sí mismo, o si él y sus valores son la creación de la sociedad que le rodea”.

TÚNEZ

Estuve en Túnez en el verano de 2009, un año antes de la Primavera Árabe” y de la llamada “Revolución de los jazmines”. Contrariamente a lo que sucede en el libro, me gustó mucho el país y como ya he dicho antes, me pareció que la gente era amable y acogedora. Es cierto que en las medinas los vendedores te agobian un poco, pero es lo mismo que ocurre en los mercados y mercadillos de cualquier otro país africano o asiático.

Realmente no se trataba de un viaje turístico sino de unos días tranquilos de estancia en la playa, pero aprovechando que estaba allí hicimos varias excursiones a lugares cercanos de interés, aunque me habría encantado conocer el desierto y montar en 4×4 por las dunas, por lo que si tengo alguna vez la oportunidad, repetiré.

Nos alojamos en Hammamet, destino típico de playa de Túnez y el mismo en el que se desarrolla la novela. Se trata de una pequeña localidad en la que destaca su medina con pequeñas callejuelas abarrotadas de tiendas. Hay también un fuerte desde el que se contempla toda la ciudad. Pero lo mejor de la zona son sus playas de arena blanca donde se practican toda clase de actividades y los estupendos hoteles rodeados de vegetación, auténticos oasis de paz y tranquilidad.

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La amabilidad de los empleados del hotel era extraordinaria. Recuerdo especialmente a un camarero que se paseaba por las tardes entre las tumbonas ofreciendo el típico té tunecino con piñones.

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Cerca de Hammamet hay una zona más moderna llamada Yasmine Hammamet, con un pequeño puerto, un centro comercial más del gusto de los turistas occidentales y plagado de restaurantes. Las tiendas no tienen el encanto de las medinas, pero también tienen la ventaja de que el precio es fijo y no hay que empezar una interminable y agotadora negociación cada vez que quieres comprar algo.

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La primera excursión que hicimos fue a Kairouan, ciudad santa para muchos musulmanes. Nada más llegar allí había una familia de fiesta porque dos niños iban a ser circuncidados. Para los musulmanes es un rito importante de purificación, pero contrastaban las caras de alegría y los cánticos de los familiares, especialmente de la abuela, con las caras de pena y preocupación de los niños ante lo que se les venía encima.

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En Kairouan visitamos en primer lugar el Mausoleo de Sidi Sahbi o Mausoleo del Barbero, llamado así por albergar la tumba de Abou Dhama, un compañero de Mahoma que recibía el apodo de “Sidi Sahab”, es decir “Portador de Tres Pelos”, porque siempre llevaba encima tres pelos de la barba del Profeta. En el complejo destacan los espléndidos artesonados de yesería y las paredes de azulejo.

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A continuación visitamos la Gran Mezquita Sidi Okba Ibn Nafaa. Merece la pena entrar a su inmenso patio, rodeado de una galería de columnas de mármol con preciosos capiteles que proceden de la antigua Cartago. Los no musulmanes no pueden acceder a la sala de oraciones, pero se puede fotografiar desde fuera.

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La carretera que une Kairouan a El Djem está mal asfaltada y llena de baches y pedruscos. Tuvimos la mala suerte de que uno de ellos golpeó en los bajos de nuestro vehículo, provocando una avería que lo inutilizó completamente. A pesar de encontrarnos tirados en la carretera en pleno julio, bajo un sol de justicia y a unos 42 grados centígrados, porque eran las tres de la tarde, la verdad es que nos tomamos la cosa con bastante buen humor gracias a las personas que nos acompañaban y el asunto se convirtió en la anécdota divertida del viaje.

CAMINO DE KAIROUAN A EL DJEM (1)

Una vez rescatados por otro coche que vino desde Kairouan, llegamos a la localidad de El Djem, famosa porque alberga un espectacular anfiteatro romano. No exagero al decir que me gustó más que el Coliseo de Roma, porque está perfectamente conservado, sobre todo la parte de las mazmorras de los gladiadores. Visitando las ruinas es fácil imaginarte cómo serían los momentos previos a saltar a la arena para luchar. Pareces estar en el escenario de la película Gladiator.

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Otro día fuimos de excursión a la ciudad de Túnez, capital del país. Es una ciudad moderna, con grandes avenidas y edificios con influencia francesa.

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Túnez tiene una medina con calles estrechas abarrotadas de pequeñas tiendas. Las que más me gustaron fueron las tiendas de novias, con unas recargadísimas canastillas llenas de encajes.  Había otras de perfumes, conservados en preciosos frascos de cristal.

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Pero el plato fuerte de la ciudad es el impresionante Museo Nacional del Bardo, que este año tristemente ha sido noticia por ser el escenario de un ataque terrorista. El edificio es precioso, pero además alberga una de las mejores colecciones del mundo de mosaicos romanos, la mayoría en perfecto estado de conservación. Algunos tienen tanto detalle y colorido que parecen auténticos lienzos. El museo tiene además gran número de estatuas romanas, tumbas cartaginesas, mosaicos árabes, lámparas de cristal y un largo etcétera de antigüedades. Es una visita imprescindible si se va a Túnez.

TUNEZ. MUSEO DEL BARDO (15)

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Otra excursión que hicimos es a Cartago, pero es un poco decepcionante, porque no queda prácticamente nada de esta importante civilización. Está en un enclave privilegiado, con una bahía con el agua de un color como el del Caribe, gracias a la blancura de la arena del fondo. Por ello, está llena de grandes residencias de lujo, entre ellas la del Presidente del país. Sólo se visita un pequeño cementerio púnico y las ruinas de las Termas de Antonino.

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Como última visita, destacaré el precioso pueblo de Sidi Bou Said, cercano a Cartago, con sus casas encaladas y las ventanas y puertas pintadas de azul.

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Para terminar, he elegido dos videos de YouTube que hablan de otros lugares que no puede visitar, por lo que creo que así se puede tener una visión más completa del país.

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