GALICIA: Los gozos y las sombras (Gonzalo Torrente Ballester)

No puedo seguir hablando de lugares lejanos sin detenerme antes en España, cuna de grandes escritores. He escogido Los gozos y las sombras de Gonzalo Torrente Ballester, uno de los mejores novelistas del siglo XX. Es un libro que me apasionó cuando lo leí y que alcanzó gran difusión editorial gracias a la adaptación televisiva que se hizo en 1982.

PORTADA DE LOS GOZOS Y LAS SOMBRAS

 

TITULO: Los gozos y las sombras

AUTOR: Gonzalo Torrente Ballester

EDITORIAL : Alfaguara

ISBN: 9788420472423

FORMATO: 1.216 páginas.

La historia se desarrolla en una imaginaria población de la costa de Galicia llamada Pueblanueva del Conde en los años anteriores a la Guerra Civil española.

Realmente es una trilogía. Los tres libros que la forman se titulan:

  • El señor llega (1957)
  • Donde da la vuelta el aire (1960)
  • La Pascua triste (1962)

Carlos Deza, el último de la familia de los Churruchaos, antiguos amos de Pueblanueva, regresa al pueblo creando una gran expectación entre sus vecinos, que lo ven como un posible libertador del yugo de un nuevo amo, Cayetano Salgado, que gracias a su poder económico domina a toda la población. Sin embargo, Carlos Deza no responde a la imagen que de él han formado sus vecinos, aunque el enfrentamiento entre él y Cayetano no tarda en surgir.

La novela aborda el tema de la lucha entre el viejo poder representado por la sangre noble de los Churruchaos y el nuevo poder, en manos del capital y de nuevos ricos como los Salgado. Es también época de tránsito hacia un nuevo modelo económico. La mayoría de la población ya no vive de la pesca artesanal, sino del trabajo en los astilleros, que son los que aportan riqueza al pueblo y poder a Cayetano.

A pesar de todos estos cambios, la vida en Pueblanueva discurre como siempre, sobre todo con las reuniones de los hombres en el casino para jugar a las cartas, beber, fumar, hablar de política y compartir chismorreos.

Carlos Deza se convierte en confidente de muchos de los habitantes de Pueblanueva. De esta manera, poco a poco vamos conociendo los dramas particulares de cada uno de ellos, a los que Torrente Ballester disecciona psicológicamente con maestría.

Hay personajes inolvidables como Doña Mariana Sarmiento, también de la estirpe de los Churruchaos, que es la mayor interesada en apoyar a Carlos Deza frente a Cayetano Salgado; Rosario “La Galana”, amante de Cayetano y de Carlos; Clara Aldán, quizá el personaje más atormentado de la novela y Juan Aldán, el líder sindical, sin olvidarnos de Don Lino, el boticario y su mujer.

He seleccionado uno de los pocos fragmentos de la serie televisiva que he encontrado en YouTube, pero  la imagen es antigua y las escenas no reflejan la complejidad de la novela. Los capítulos renovados y completos se pueden ver en la página de Televisión Española.

 

GALICIA

Hablar de Galicia en este blog supone para mí un viaje a la infancia, a pesar de que he estado más veces siendo adulta. Recuerdo el primer año  que fui con mi familia a las Rias Bajas, a un hotel situado casi en medio del monte, cerca de un pequeño pueblo llamado Reboredo, al lado de El Grove. Yo tendría unos diez años y el lugar era idílico, con sus vacas “rubiñas”, los hórreos y los cruceiros. Tras un breve paseo de cinco minutos a través de un paisaje espectacular se llegaba a una pequeña cala en la que nos bañábamos solos. Al fondo se veían las mejilloneras y el agua era completamente transparente, aunque había que ser muy valiente para bañarse, porque estaba helada.

El hotel tenía un hórreo lleno de la comida que el dueño del hotel nos escatimaba, porque contrariamente a lo que ocurre en Galicia, nos mataba de hambre. Esto hacía que por las tardes hiciésemos excursiones y merendásemos opíparamente en pueblos cercanos para suplir la escasa cena que nos esperaba. Creo que ese fue el motivo principal por el que el año siguiente no volvimos.

Los siguientes veranos optamos por las Rías Altas. Nos alojábamos en un hotel muy familiar en Miño, cerca de La Coruña. El lugar no tenía tanto encanto, porque el hotel estaba en medio del pueblo y no era tan bonito como el de Reboredo, pero lo recuerdo como el paraíso.

El día empezaba desayunando en un comedor donde todo el mundo se conocía, ya que las familias repetían de año en año. Al día siguiente de la llegada ya teníamos pandilla. El desayuno consistía en grandes hogazas de pan gallego, con un gran taco de mantequilla casera y un bote de mermelada también hecha en el hotel. En días especiales como la Virgen de agosto, además nos ponían enormes bizcochos hechos con nata de la leche.

Después pasábamos la mañana en la playa de Miño, que en aquella época no estaba edificada. El viento soplaba muy fuerte y lo primero que hacía el grupo de padres era colocar una especie de parapeto hecho con lona y palos, tras el cual nos podíamos tumbar protegidos del aire.

La comida en el hotel era pantagruélica. Todos los días consistía en: caldo gallego, pescado, carne (acompañada de fuentes inmensas de patatas fritas) y postre. Los niños no queríamos el caldo y poníamos de disculpa que tenía mosquitos. Es verdad que a veces los grelos los tenían y concursábamos a ver quién encontraba más. Aparte de ese detalle, toda la comida del hotel era excelente.

Las tardes eran el mejor momento del día, ya que los niños nos independizábamos de los padres y salíamos en pandilla. Tendríamos la mayoría entre 11 y 13 años.

De niña era muy aficionada a las novelas de Enid Blyton (los Cinco, los Siete Secretos, Torres de Malory, …) donde niños ingleses de mi edad exploraban casas abandonadas, faros misteriosos, barcos hundidos, cuevas secretas, … Pues bien, Miño tenía casi todos esos ingredientes mágicos y maravillosos.

Saliendo por detrás del hotel, había un camino que llevaba a un monte que tenía una casa abandonada. Era una casa de una planta que tenía una cubierta plana con terraza, con una vista de la bahía increíble. Casi todas las tardes íbamos a la casa abandonada, porque allí sentíamos el espíritu del misterio y la aventura. Nos sentábamos en la azotea y jugábamos a las cartas o contábamos historias de miedo.

También había en una playa cercana una pequeña barca hundida, que asomaba cuando bajaba la marea. Supongo que era un simple barco de remos, pero mi imaginación volaba pensando en los libros de Emilio Salgari.

Otras tardes bajábamos a un embarcadero donde los pescadores limpiaban las cajas de pescado. Allí entre raspas y tripas de pescado nos bañábamos tan felices.

Muchas tardes salíamos varias familias de excursión. Me encantaban las carreteras comarcales en las que los bordes estaban invadidos de hortensias silvestres. Algunas veces la excursión terminaba merendando chocolate con churros en La Coruña.

Las cenas en el hotel eran lo peor, porque ya nadie tenía hambre para comer los dos abundantísimos platos que los amables dueños del hotel nos ofrecían. Recuerdo nuestra lucha ante inmensas tortillas de patatas que apenas podíamos probar. En algunas ocasiones, salían de la cocina con gran preocupación preguntando si estábamos enfermos, porque no podían entender que no comiéramos todo.

Después del mes que pasábamos allí volvíamos tristes a Madrid, con la cabeza llena de imágenes y aventuras y con tres o cuatro kilos de más.

 

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