VALLE DEL COLCA (PERÚ)

Mi anterior asiento dedicado a Arequipa quedaría incompleto si no lo acompaño de una entrada sobre el cercano Valle del Colca, así que esta vez hago excepción y no comento ningún libro, porque realmente se trata de una continuación del asiento anterior.

Casi todos los viajeros aprovechan la visita a Arequipa para hacer una pequeña escapada de una o dos noches a este precioso valle. Lo normal es dejar el equipaje en el hotel arequipeño y trasladarse con una pequeña bolsa con lo imprescindible. En nuestro caso, dormimos una noche en Chivay, pero fueron dos días intensos, porque nos levantaban a las seis de la mañana para comenzar las visitas.

Nada más empezar el trayecto pudimos disfrutar de espectaculares vistas del volcán Misti.

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La ruta empieza atravesando la Reserva Nacional de Salinas y Aguada Blanca  Se trata de una región de aspecto bastante árido (por lo menos en invierno, que es la estación seca), pero con una gran variedad de especies de aves y mamíferos. Allí aprendimos a distinguir las cuatro especies de camélidos sudamericanos.

La más pequeña, fina y elegante es la vicuña. Es un animal silvestre y en la reserva pudimos fotografiar gran número de ejemplares pastando tranquilamente en libertad. Su lana es la más apreciada y cara del mundo. En Perú un abrigo confeccionado con este animal cuesta hasta 9.000 euros. En Europa o Estados Unidos se pagan unos 20.000 euros por una chaqueta o 35.000 euros en un traje fabricado en esta suave tela.

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La llama es el camélido andino más conocido. Son domésticas y se ven en todo el Perú.

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Por el contrario, vimos pocos guanacos. Son animales silvestres y de gran tamaño.

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Pero mi animal preferido de los cuatro es la alpaca. Es también un animal doméstico, muy pacífico y con una cara muy graciosa y simpática. Parece un peluche. Su lana es muy apreciada y bastante cara, pero no llega a los precios desorbitados de la vicuña. Precisamente, una de las compras típicas en Arequipa son los jerseys y chaquetas de alpaca.

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Continuamos la visita pasando por los Bofedales de Toccra, donde habitan gran cantidad de aves, entre ellas, las parihuanas (flamencos andinos).

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A mitad de camino, hicimos parada en un bar de carretera con un mercadillo, donde se vendían toscos y coloridos jerseys (supuestamente de alpaca) y artesanía. Aprovechamos para hacer fotos de la gente de los puestos.

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Como en otras ocasiones durante nuestro viaje por Perú, disfrutamos tomando un mate de coca. Se trata de una infusión con hojas de coca, que tiene multitud de propiedades y que resulta especialmente indicada para paliar los efectos del mal de altura o “soroche”, ya que la altitud sobre el nivel del mar del valle no baja de los 3.000 metros y en algunos casos sobrepasa los 4.000 metros.

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A pesar de que iba prevenida, por haber viajado al Tíbet el año anterior, donde llegué a estar a más de 5.200 metros, y haber estado en otras zonas muy altas del Perú, como el Callejón de Huaylas o Cusco, el único lugar donde he experimentado más claramente los síntomas del mal de altura fue en el Valle del Colca. Cualquier actividad te resulta agotadora y en ocasiones sientes cierto ahogo por la falta de oxígeno. De todos modos, ninguno de estos síntomas te impide hacer una actividad prácticamente normal.

Una costumbre que me llamó mucho la atención, porque también se practica en el Tíbet, es la de hacer pequeños montículos de piedras como ofrendas a los dioses. La única diferencia es que los montones de Perú, llamados “apachetas”, tienen hojas de coca en su base, pero su finalidad y aspecto es el mismo que en los del Tíbet.

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Casi llegando a Chivay atravesamos una zona de curvas y paramos para ver las vistas del valle. Allí había unos puestecillos donde unas mujeres ataviadas con los vestidos típicos del Colca vendían artesanía. Le pedí a una preciosa niña que posase en una foto conmigo y ésta levantó a una pequeña alpaca que estaba tumbada para que también saliese. La alpaca y la niña parecían rivalizar a la hora de posar para la foto y no sé cuál de las dos lo hizo mejor. Es una de mis fotos de viajes favoritas.

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Después de descansar y comer en el hotel de Chivay, aprovechamos la tarde para disfrutar de los Baños Termales de La Calera. Se trata de unas instalaciones con cinco piscinas cuyas aguas provienen del Volcan Cotallumi, donde inicialmente tienen una temperatura que bordea los 80° a 85°C, pero en su recorrido la temperatura disminuye y llega al complejo propiamente dicho con una temperatura de 38°C, que permite bañarse en sus aguas incluso en invierno. Se les atribuyen propiedades curativas de diversos males, sobre todo reumatismo y muchos otros relacionados con los músculos y la piel. La verdad es que lo pasamos muy bien bañándonos en la piscina, pero yo no pude estar mucho tiempo debido a la bajada de tensión unida al mal de altura.

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El segundo día empezamos visitando el pueblo de Yanque. Su iglesia es uno de los mejores ejemplos del barroco mestizo. En la plaza, se agrupan jóvenes ataviados con los vestidos típicos del Colca, por si los turistas desean hacerse fotos con ellos.Autosave-File vom d-lab2/3 der AgfaPhoto GmbH

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Después fuimos hasta el Mirador de Achoma desde donde se divisa claramente el paisaje de terrazas para los cultivos que data de la época inca.

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Desde el Mirador de Chinina, se pueden ver tumbas colgantes pre-incas.

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Luego dimos un paseo de unos 50 minutos desde el Mirador Cruz del Cura hasta el Mirador Cruz del Cóndor. Es la zona donde se aprecia mejor la profundidad del Cañon del Río Colca, que es uno de los más profundos del mundo (3.400 metros).

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En el trayecto entre ambos miradores tuvimos la suerte de poder avistar un enorme cóndor, que voló en varias ocasiones sobre nosotros. El guía nos explicó que era un macho porque tenía cresta en la cabeza.

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En los puestecillos de artesanía del Mirador del Cóndor aprovechamos para sacar algunas fotos de las mujeres donde se aprecian mucho mejor los detalles de los vestidos típicos. Incluso se empeñaron en vestir a una de mis amigas.

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En el Mirador de Antahuilque hay vistas espectaculares de las terrazas del valle. Se pueden ver las lagunas coloridas y las lagunas encantadas (porque dicen que en ellas hay sirenas).

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Luego visitamos los pueblecitos de Pinchollo y Maca. Nos gustó especialmente la Iglesia de Maca.

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Terminamos la visita del Colca con el pueblecito de Chivay, donde visitamos su iglesia y su colorido mercado.

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Como repaso a todo lo que he contado sobre el Valle del Colca incluyo un video que he encontrado en Youtube, que es un poco largo, pero narra muchas de mis experiencias en el valle.

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TÍBET: El tercer ojo (Lobsang Rampa)

En esta entrada vuelvo a Asia, a uno de los lugares más fascinantes del planeta: el Tíbet. Como libro de referencia he escogido El tercer ojo de Lobsang Rampa.

  Lobsang Rampa. El tercer ojo TÍTULO: El tercer ojo

AUTOR: Tuesday Lobsang Rampa

EDITORIAL: Destino

ISBN: 9788423334841

La primera vez que leí esta novela tendría doce o trece años y me quedé subyugada. El autor afirma ser un lama tibetano y narra su historia desde que ingresa a los siete años en el Monasterio de Chakpori, cercano al palacio del Potala en Lhasa, la capital del Tíbet. El libro describe detalladamente la vida en el monasterio, el proceso de aprendizaje y las costumbres tibetanas antes de la ocupación china.

La vida en el monasterio es muy dura. Lobsang tiene que afrontar multitud de pruebas para llegar a convertirse en lama y médico.  En determinado momento al niño le practican una trepanación en medio de la frente  para abrirle “el tercer ojo”, lo cual le permitirá ver e interpretar el aura de las personas y conocer su carácter, su estado de ánimo e incluso sus enfermedades. También se abordan otros temas esotéricos como los viajes astrales, en los que el alma se separa del cuerpo y puede viajar libremente.

La novela alcanzó un éxito enorme en su época y se publicaron dos libros continuando la historia: “El médico de Lhasa” e  “Historia de Rampa”, pero no me gustaron tanto.

Posteriormente me enteré de que se había desenmascarado al autor del libro y que era el hijo de un fontanero irlandés y que probablemente se había inventado toda la historia y que todos los detalles que aportaba eran falsos. Sin embargo, a mí siempre me quedó latente el deseo de conocer el Tíbet y su vida espiritual.

  TÍBET. MONASTERIO DE DREPUNG

TÍBET

Conseguí ir al Tíbet en 2007, después de un intento fallido en 2006, debido a las dificultades burocráticas que ponía el gobierno chino. Después de tener todo el viaje organizado, casi se frustra otra vez debido a un incidente que hubo en la frontera entre Nepal y Tíbet una semana antes de partir. Afortunadamente todo se arregló y mis dos amigos y yo finalmente pudimos hacer el ansiado viaje, a pesar de todos los miedos y recelos que nos planteaba, sobre todo por el mal de altura y por la situación política del país.

La llegada al Tíbet fue sorprendente, porque todo era diferente a cómo nos lo habíamos imaginado. Yo siempre había pensado que se trataba de un país montañoso, con los monasterios en lo alto de colinas inexpugnables, a las que se accedía en pequeños carruajes o montado en algún animal de carga. Pues bien, nada más lejos de la realidad. Llegamos en avión desde Kathmandú y el aeropuerto de Lhasa Gonggar  era moderno y funcional, ya que había sido completamente remodelado en 2005 por el gobierno chino, con la clara intención no sólo de modernizarlo, sino de dar una buena imagen al turista que accede por vía aérea a esta “región autónoma” de China (el Tíbet fue invadido por los chinos en 1950 y desde entonces dejó de ser un país independiente).

La carretera desde el aeropuerto a Lhasa también es moderna e incluso hay un inmenso túnel que parecía recién terminado. Todos los coches que circulaban eran flamantes Land Cruiser, utilizados únicamente por los turistas. La entrada en Lhasa fue todavía  más decepcionante: se trataba de la típica ciudad china, como las que habíamos visitado el año anterior, pero sin ningún encanto. En la avenida principal de repente vimos aparecer el Potala (palacio del Dalai Lama).  La primera impresión que nos dio es que era muy pequeño y en medio de la ciudad, no como me lo imaginaba, en lo alto de una empinada colina y envuelto en bruma y misterio. Además Lhasa está a una altura de 4.600 metros por encima del nivel del mar, por lo que la luz del sol al mediodía es cegadora.

Cuando llegas a Tíbet necesitas un día entero para que tu cuerpo se adapte al cambio de altura (Kathmandú está a unos 500 metros y Lhasa a 3.600, por lo que hay más de 3.000 metros de diferencia). Los primeros síntomas del mal de altura se notan nada más bajarte del avión: ligero zumbido en los oídos, leve mareo y taquicardia. El remedio es quedarte tranquilo en el hotel ese día y beber mucha agua. Te recomiendan que bebas cuatro litros de agua diarios, tarea que a mí me resultó completamente imposible, además de ser un suplicio por las penosas condiciones higiénicas del país. A pesar de los síntomas del primer día, el mal de altura sólo le afectó a uno de mis amigos que tuvo que soportar varios días con un dolor de cabeza muy intenso, sólo atenuado por infusiones con tés y hierbas locales. Los demás sólo notamos un mayor esfuerzo al subir escaleras y un poco de ahogo por la falta de oxígeno cuando llegamos a los puntos más altos (5.200 metros de altitud).

Los tibetanos son gente amable, pero bastante dura, debido a las condiciones geográficas y políticas. Son muy religiosos y el budismo domina todas las facetas de su vida. Han estado siempre dominados y viviendo como en la Edad Media. Los sucesivos Dalai Lama prohibieron por motivos religiosos la rueda (porque se asemeja al símbolo del Dharma budista) y sólo se introdujo en Tíbet con la ocupación china. Aunque los grandes ríos de la India nacen en Tíbet, en la mayor parte de los sitios no hay agua corriente, ni electricidad.

A pesar de que no se les permite manifestarlo abiertamente, tienen un odio visceral hacia el ocupante chino. La represión política se agrava por el hecho de que el gobierno chino envía grandes cantidades de trabajadores al Tíbet, de tal manera que los tibetanos se están conviertiendo en población minoritaria en su propio país.

El centro neurálgico de Lhasa lo constituye el templo del Jokang, que es el lugar más sagrado y venerado de todo Tíbet. Los peregrinos de todo el país acuden a este santuario y lo rodean rezando (es lo que se llama “hacer la kora“).  Algunos lo hacen postrándose completamente en el suelo, se levantan, avanzan un paso y se vuelven a postrar. Es algo impresionante ver a las multitudes de peregrinos rezando y agitando sus molinillos de oración (dentro tienen escrito un mantra, de tal manera que al girarlo también rezan).

LHASA. JOKANG 2LHASA. JOKANG 1

Alrededor del templo está el Mercado  y la Plaza Barkhor, donde en multitud de puestecillos ambulantes se vende de todo, pero especialmente collares multicolores (las mujeres los usan hasta cuando trabajan picando piedra en las carreteras), molinillos y banderolas de oración (se cuelgan en cuerdas y al moverse con el viento, sirven para seguir rezando).

Visita imprescindible en el Tíbet son los monasterios. En Lhasa visitamos los Monasterios de Drepung y Sera. Lo más bonito de los monasterios son los libros, muy diferentes a nuestro concepto occidental. Son grandes hojas sueltas de más de un metro de largo y estrechas. que se sujetan entre dos grandes tablas y se envuelven en telas y cuero. También es preciosa la policromía de las paredes y muebles, sobre todo predominando el color rojo. Lo peor es el olor a la manteca de yak (el animal del que dependen los tibetanos, parecido a un búfalo) con la que fabrican las velas. En el monasterio de Sera vimos un rito muy curioso en el que los monjes se chillan unos a otros, parece ser que en un ejercicio de dialéctica.

TÍBET. MONASTERIO DE SERA

Pero el lugar más emblemático del  Tíbet es el Palacio del Potala. Aunque ya comenté que la primera visión nos había decepcionado, después tuvimos que reconocer nuestro error. Es un edificio impresionante, de más de 11 pisos, que hay que subir andando, con la dificultad añadida del mal de altura. Allí están enterrados los Dalai Lama, máxima autoridad religiosa del Tíbet y alberga tesoros de valor incalculable.

LHASA. PALACIO DEL POTALA

Otra visita interesante es el Palacio de Norbulingka o Palacio de verano del Dalai Lama, que tiene maravillosos jardines repletos de flores.

Tras la visita a Lhasa, recorrimos todo el país en cuatro por cuatro, pasando por Gyantse, que tiene una impresionante estupa (edificio religioso para contener reliquias) y Shigatse, que alberga el Monasterio de Tashilunpo, el más bonito de todos los que visitamos.

En contra de lo que yo siempre había imaginado, el paisaje del Tíbet es bastante árido y muy plano, ya que es una enorme meseta.  Creo que debido a la escasez de colores es por lo los tibetanos pintan sus muebles e interiores de vivos colores. Sin embargo, la aridez se ve compensada por los cielos espectaculares. No me gusta incluir fotos en las que aparezco yo, pero esta vez hago una excepción, porque da una idea de cómo es el cielo en el techo del mundo.

CAMINO A GYANTSE

Pero no todo son paisajes, templos y palacios. Para visitar el Tíbet hay que estar curtido y desde luego no ser escrupuloso, porque es el país con peores condiciones higiénicas que he visitado jamás. Acudir a un servicio tibetano es una auténtica “experiencia”,  ya que los tibetanos no conocen el pudor y los aseos son compartidos y sin muros de separación. A esto hay que añadir la falta de agua corriente. En algunos casos eran tan repugnantes que al tercer o cuarto día optamos por no utilizarlos y pararnos en las cunetas de los caminos a pesar de no haber arbustos o árboles donde ocultarte.

Otro problema es la falta de lugares donde comer o comprar comida. Normalmente comíamos un frugal plato de arroz. Menos mal que ya habíamos sido advertidos y llevábamos la maleta forrada de paquetes de jamón ibérico y queso.

Mención especial merece la noche que nos alojamos en Tingri,  un poblacho con cuatro casas de adobe donde habitualmente se alojan los alpinistas antes de instalarse en el campo base del Everest (Quomolanga en tibetano).  El guía nos sugirió dormir allí para ver el Everest al anochecer y al amanecer, cosa que no pudimos hacer porque se nubló y empezó a llover. El hotel consistía en un edificio cuadrado con patio interior formado por pequeñas casuchas de adobe, sin agua corriente, ni electricidad. El guía había asegurado que las sábanas estarían limpias, lo que efectivamente era cierto, porque no había sábanas, sino unos edredones costrosos con ositos. Esa noche cenamos sentados en las camas, con el plumas puesto, a la luz de la linterna. Eso sí, jamás me ha sabido mejor el jamón ibérico, acompañado de unos panecillos que encontramos en una tiendita enfrente del hotel.

TINGRI

Después de instalarnos en el “confortable” hotel salimos a dar un paseo y preguntamos a unos alpinistas por el mejor sitio para ver el Everest. Nuestra sorpresa fue que eran españoles, que formaban parte de una expedición para subir al Cho Oyu.  Tras charlar un rato con los alpinistas, se nos acercó un chico rubio con melena y barba parecido a Brad Pitt en Siete años en el Tíbet y nos preguntó en español si le podíamos llevar a Kathmandú. Era de Pamplona y llevaba un mes viajando sólo por China y Tíbet. El caso es que estábamos en el lugar más perdido y desértico del mundo y aquello parecía la Gran Vía madrileña, encontrándonos a cada paso con un español.

La etapa final del viaje desde Tingri hasta Zhangmu, en la frontera con Nepal, fue durísima. La carretera desciende casi 5.000 metros con unos acantilados espectaculares y además ese año estaba en obras. A eso hay que añadir los desprendimientos de grandes rocas, las cascadas que la atravesaban, los grandes agujeros en el asfalto y la falta de arcén.  El trayecto por esa carretera infernal duró cinco horas y creo que no he pasado más miedo en toda mi vida.

Finalmente debo hacer mención al paso por la frontera por Kodari. Como las relaciones entre China y Nepal no son buenas, hay una franja de unos dos kilómetros que constituye tierra de nadie y que tienes que pasar a pie, porque los guías se quedan en Tíbet y al otro lado de la frontera te esperan otros guías nepalís. Para llevar la maleta tienes que contratar a unos porteadores que se la ponen sobre la cabeza. Es muy curioso ver transitar a todo el mundo con grandes fardos e incluso bombonas de butano.

Como resumen, he hecho una selección de fotos de todos los lugares que he descrito. Espero que os guste.